El largo camino de la indiferencia, se parece a las interminables procesiones de antaño. Más era la demora del paso perdido que el inicio del triunfo de una batalla sangrienta. El cántico que acompaña a la masa de los inocentes, pareciera ser las largas oraciones que esperan una respuesta pronta a sus quejidos y clamores. Los pasos lentos se asemejan al constante pensamiento que día a día esperan una semblanza feliz que al final queda en el limbo de las ánimas, que esperan recuerdos en inútil sacrificio.
Y los movimientos del anda obedecen a los serios cargadores, las supuestas voces de la esperanza, son las que esperan ahora la fe "milagrera" de los falsos cristos negros de mi vieja ciudad. Rompen el protocolo entonces, para caer nuevamente en el tedio del silencio y la locura. "Avancen hermanos" se pregona andando, porque mejor sería ignorarlo todo e inútiles fueran los clamores en el desierto. Si fuera cierta la sonrisa y la libertad de los condenados, ¡Qué más da! Cuando vives como si no existieras y duermes como si no vivieras. Solamente el camastro es testigo de la frialdad del sentimiento, de las esperanzas que al final son un cuento.
Mudas e indiferentes son los cirios que alumbran el cuadro, por gusto están si no tienen contentamiento. ¿Y los sahumerios? Son los que dan el ambiente sagrado del dios de nuestros tiempos, inermes ante el gentío ingenuo e ignorantes también al destino que dicen prometerles. Son los pensamientos que ellos reviven, aquellos que se dieron en el pasado con supuestas alabanzas que eran solo címbalos sin sonido.
¿Acaso las flores tuvieron un mejor destino? No. No pueden alegrar a un solo pajarillo, menos a un bosque sin sentido. Una flor no emociona un alma herida porque cae orgullosa cuando no hay ni siquiera un panecillo mordido. Así es el bocado dado en secreto, duro y deshaciéndose en migajas, así es como está su vida, esperando la redención de su alma. Las oraciones dichas al final de la marcha, los rezos que por demás recuerda el peregrino, son las despedidas que se alumbran en los rostros de los santos, pero ese es su quejido y es triste otra vez porque la respuesta de la mañana, no les ha amanecido.
Al final, la masa variopinta y cansada de las polvorientas calles, va llevando las esperanzas rotas guardando las efímeras alegrías para de esta manera, volver a su hogar. Tanta modorra, tanto lloro, tanto rezo, tanto que se encomendó ¿Para qué? Para que al final, la tibieza de la tarde y las tinieblas de la noche, se vayan acercando y el frío empiece a recorrer su cuerpo. Luego le dirán al fervoroso que mejor sería que se olvide de ella o que la eche sin reparos por la borda. Así tal vez estará tranquilo, así quizás descansará entre la duda y la mediocridad de los sentimientos, después de todo, la procesión va por dentro.
Roque Puell López Lavalle

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