Diez y nueve años que te fuiste madre mía y tu recuerdo vive aun conmigo. Contemplo las fotos en el álbum que me dejaste y al hojear algunos cuadernos tuyos, encuentro lo que escribiste en el pasado y vaya que ahora es una inspiración para mí. Doy gracias a nuestro Dios porque soy lo que soy porque me enseñaste a luchar por la vida así como también lo hiciste por el amor, la verdad, el coraje y la perseverancia en medio de toda circunstancia...
Nunca olvidé tus consejos para ser el mejor siempre y fuiste un gran ejemplo para mí. Cómo olvidar el amor que tuviste a mis hijas cuando estuviste con nosotros, tus adorables nietas a quienes amaste y cuidaste con dedicación, preocupándote también por sus estudios cuando fueron al colegio. Ellas tienen los libros que les regalaste y son una heredad de su recordada abuelita. ¡Gracias mamá!
Cuando vienen mis días malos, me siento como un niño asustado que quisiera guarecerse en tu regazo y me regocijo en el recuerdo cuando era pequeño y me cuidabas de los peligros o cuando estaba enfermo y velabas junto a mí. ¡Gracias por los remedios feos! Te amo madre mía, como si fuera ayer y en los últimos meses cuando ya no pudiste hablar, me diste el último abrazo consolando mi profunda tristeza, así en el silencio del día, pero con tu gran corazón...
Sí, fue mi último abrazo que la enfermedad no te quebró; porque fuiste más fuerte que ella, venciéndola lejos con tu amor de madre. Te amo madre mía, ¡Cómo olvidarte! Estás ahora con Dios en su mansión celestial y realmente feliz en Su presencia. Y aunque ahora te extraño, estoy seguro que más tarde o más temprano, nos volveremos a encontrar. Hasta entonces mi linda madrecita, siempre estás conmigo, ahora en mi vida y también en mi corazón.
Tu hijo...
Roque Puell López Lavalle

No hay comentarios:
Publicar un comentario