Tierra donde se han arrancado hasta los yerbajos que andaban esparcidos, tierra donde se han cortado las raíces de la mixtura. Así gime el alma mía sin encontrar consuelo por este espantajo irreconocible por mi experiencia inadvertida. ¡Se llevaron los tesoros guardados, los de mayor cuantía!
Cuento las generaciones que me han sucedido y veo que la violencia malgasta sus días inútilmente. ¡Pobre de ella! ¿Y si los que me antecedieron se olvidaran de sus ofensas? No sería lo mismo, no se amarían nunca porque se romperían sus develadas ilusiones no teniendo voces ahora que los constriñan..
Decían los susurros de los sabihondos que no había lugar dónde recostar mi cabeza pero era mentira, las penas eran mi fortaleza porque todavía podía anhelar lo que yo guardaba. Cumplí entonces con el deber de un soldado, era una orden cumplida repleta de joyas engastadas. Pero muy pronto se convirtieron en baratijas porque el terruño es para quien lo trabaja y otros tenían de mi mano lo que más anhelaban..
Pude verte entonces, inmensa, hermosa, frágil, asustada de los mil demonios porque te codiciaban pero tu sonrisa se dibujaba en la firmeza de tus raíces y en el candor de tus planicies. Por eso te amaba al igual que tu cielo, tu verdor, tu bella hondura generosa que me atraía para buscar descanso entre tus brazos mientras las semillas germinaban, ¡Barro oscuro que no te diste cuenta!
Me diste el fruto y me entregaste el legado de sentirme dueño. Sin embargo, pude defenderte del invasor, pude entre las demás colinas y montañas para saber amarte, como quien conquista un mundo nuevo. Pero tú te negaste, agregaste los yugos de la pretendida gloria, de sapiencia de palabras y sin frescura de mañanas. Tu corazón se hubiera guarecido del tirano que te asolaba y yo le daría muerte si se hubiese atrevido a arrancar tus ramajes..
Así te tratan ahora los hombres, tú que diste hace mucho tus encantos y tus días ¡Qué ingratos fueron los que vivieron contigo! ¡Qué cobardía los que mueren huyendo y sin corazón que los reprenda! Nadie los juzga, nadie los detiene y tampoco se muerden la conciencia por la ingratitud manifiesta. Pero todavía yo quiero amarte aunque tú no quieras ¡Inocente sería yo al abrirte el pecho y ver si es que vive en ti, un corazón!
Roque Puell López Lavalle

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