sábado, 8 de octubre de 2016

La calle está dura


¡Las cajuelas están vacías muchachos! ¡Pónganlas en su sitio! Exclamaba el hacendado porque los cafetales ya habían sido cosechados y escogidos para el beneplácito de todos. Los trabajadores cantaban alegres por la buena tierra y por las buenas ganancias de "La Importante" en el occidente del país. Esto fue en el campo de los contrastes, en el de las viñas alegres y en la engreída tierra de los encumbrados.

Y sin embargo, Amadeo estaba enfermo, el corazón hacía mucho que le iba molestando, pero era solamente de la pena y de la congoja. Entonces su hija y su familia, al verlo de esa manera, se identificaron con él, se subieron todos a su carromato de las malas noticias, al llorar mundano, a las profundas cicatrices del ser humano. Es que se aproximaba la boda del año, porque eran las bodas del pueblo y a la sazón, era su hija la desposada. Todos conocían a la familia de Amadeo Gómez y no era para menos el esparcir la gran noticia. ¡¡Al fin se esperaba la inmensa fascinación de una fanfarria!! La familia de Amadeo comprometida y las amistades fascinadas de una nueva boda y ya todos esperaban la hora de un cálido despertar.


Así las cosas, el Amadeo contento, puso manos a la obra. Empeñó su palabra en el cafetal pidiendo para ello, un préstamo o algún mejor sustento con la garantía real de una mejor labor en aras de una gran producción. ¿¿Podrían acaso no cumplirse las tareas de lo acordado?? ¿¿Se podrían acabar las siembras y las cosechas de la casa grande por una fiesta?? Entonces, con fe habló con el dueño de "La Importante", las formas y los fundamentos estaban dados en más que una promesa, porque si había recursos y resultados que habrían de cumplir. Resulta que el hacendado contagiado de la alegría inicial, pudo prometer también, casi de inmediato con las reglas del contrato y las firmas de rigor. Si bien la respuesta era positiva, faltaban algunos ajustes pero finalmente, se dio el pedido al cien por ciento para esperar entonces, el gran evento.

Amadeo convencido entonces, fue al día siguiente de la respuesta y buscó al dueño. Quería preocupado el contrato que había sido prometido pero era imposible encontrarlo, más parecía el trámite de un recién fallecido que un documento que de repente se habría extraviado. Ya faltaba poco para la fecha acordada y a pesar que a duras penas se conseguían las remesas, él fielmente esperaba el final sustento. 

Ah, pero más fueron las noches vacías sin luna llena, más crecieron los silencios de un fantasma que nunca se sabía dónde estaba. Así fueron decayendo poco a poco los ánimos y las esperanzas. Y llegando el fin de la espera, nunca llegó ni apareció la voz del buscado dueño. Amadeo pues, estaba turbado, el corazón hacía tiempos que le iba cantando la pena y la congoja. Y Amadeo que era tan parco, con su sombrero viejo de fieltro inclinado en la cabeza, con un cigarrillo prendido a medias, reflexionó entonces sentado en la puerta de su casa. 

Y pensando en voz alta decia:


“Quizás en los sueños del hacendao, nunca aparecieron las barbas del un labriego ni la desdicha de un mendrugo en una mesa vieja de madera. Menos aún, el sentir de una mano amiga en los días del albur. Adiós digo, al laberinto de sus decisiones o el pensar mejor, el mío o el suyo. Pero al fin usté subió al tren del olvido, a la ventana del camino extraviado, aquél que ya no se vuelve ni aún para querer recordar. Quizá su conciencia es la que no lo dejará tranquilo y abrumado por los años, no sabrá qué contestar, aunque mejor hubiera sido atarse una piedra de molino al cuello para que lo profundo de la laguna se lo pudiera tragar. Vuesa merced: Mejor es dar la palabra que puedas cumplir antes que la ingratitud le invada y se porte de esta manera, para no querer concluir”. 

No obstante, en el otro mundo de la estancia, entre los silencios de las cañadas, muy lejos de la hacienda, se escuchaba la voz muy triste de un estribillo: ¡La calle está dura! ¡La calle está dura! ¡La calle está dura! Le dijo la mente y la razón perdida al huidizo hacendado entre las otras acusaciones de la inconsciencia. Exclamó ido y convencido, repitiendo lo mismo el mal portado, arrugando con sus manos las hojas secas que había arrancado de un árbol, ahí por el matorral. ¿No estaba en sus cabales? 


¡¡Si, se había vuelto loco!! Con razón no apreció más por su maizal. Pero pasaron los años y nunca tuvo la amistad o el reconocimiento de propios y extraños. El tiempo que no perdona a nadie, se encargó de hacerlo "casa sola" y harapiento, no de sus conquistas y de sus sueños, no, no... sino de un terco y engañoso sentimiento envuelto en su mala conciencia hasta el tiempo de su propio encajonamiento... 


Pero la hija de Amadeo se casó de todas maneras. Aunque no fue la gran fiesta que se esperaba, el pueblo vivió la satisfacción de haber participado en un evento espléndido que nunca olvidaron tampoco, los hijos del dueño. Solo que todos no se habían percatado que una figura extraña los miraba de lejos queriendo comprender el por qué de tanta alegría...

Roque Puell López Lavalle

Enlace de música: https://www.youtube.com/watch?v=i8A849ZvOAE

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