Todos los edificios de la ciudad, tienen sus historias, sus anécdotas y sus cuitas. Ninguno escapa a los caprichos del destino, sean estos buenos, malos y de repente inolvidables. Yo vivía en uno de ellos, en la década de los setenta. Fue famoso porque se pensó en ese tiempo, que sería un Hotel de cinco estrellas en una Lima que cada día se urbanizaba más. Pero luego la idea se desvaneció por los continuos problemas familiares y la necedad de sus dueños que se formaron alrededor de ésta notable edificación.
En el quinto piso había un
personaje que nos llamaba la atención. Era un hombre entrado en años, de buen
porte, de tez muy blanca y andaba bien vestido. Era un letrado, Abogado en su
juventud que terminó siendo Juez del Poder Judicial en el centro de la Capital. Pero, lo que era increíble, fue que
tenía la costumbre de que todas las noches, se sentaba en una silla vieja para leer su periódico o cuánta literatura
pusiera en sus manos en medio de un patio saliendo del ascensor. ¿Cuál era
entonces lo extraño?
Pues, ¡Lo hacía en pijama y en pantuflas! Vestía con una pulcritud a carta cabal, si lo mirábamos de cuerpo entero. Era un atuendo de rayas azules y blancas algo desgastada, pero bien planchada con un polo blanco desabotonado que
fungía de camiseta. A veces se presentaba con calzoncillos largos de lana,
aquellos antiguos que algunos más jóvenes no podrían diferenciar. Sus pantuflas
estaban bien cuidadas y lustradas como si fueran un par zapatos para salir a la
calle y dar un paseo. Pocas veces lo vimos con su terno azul marino caminando a paso lento
pero felizmente para él, había un ascensor. Su carácter era de un hombre culto, conversador
y con algo de mal genio pues regañó a un amigo que cantaba con su guitarra a todo pulmón unos pisos más arriba de donde él vivía.
Muchos en el edificio se reían de él, lo creían loco pues estaba desde las nueve de la noche más o menos hasta pasada las once. Era una costumbre muy graciosa verlo todos los días en esa facha tan peculiar, pero él ni se inmutaba, con él no había ningún problema. Vivió anteriormente en el edificio Olchese del Centro Histórico de Lima e imagino q tendría miles de anécdotas que contar como alguna vez lo hizo, hablando del diario El Comercio y de los Miró Quesada. Luego nos contaba de la Lima que se fue, una ciudad donde se podía vivir en un icónico pasado. Mis amigos y yo teníamos opiniones divididas pero siempre terminábamos con una aprobación de simpatía al "Doctor" que era el vecino tan especial de todos nosotros.
Pero todo esto no duró mucho
en realidad. Pasó un corto tiempo y el tremendo Juez no fue visto como todos
los días. Estará enfermo –decíamos- otros especulaban diciendo que había salido
de viaje o que tal vez lo visitaron los nietos. Eso no era probable pues se
sabía que era un hombre solitario y que no vivía nadie con él. Hasta que luego
de algunas semanas, un olor fétido salía de su departamento. Los vecinos llamaron a la policía y lo encontraron
desnudo en su tina del baño con un serio corte en la garganta del que finamente se dedujo que este hombre se desangró y murió sin ninguna atención.
Se comprobó después con las investigaciones, que no le
robaron nada puesto que los que llegaron a entrar vieron que todo parecía estar
en orden y no hubo tampoco, signos de violencia. Entonces, se tejió la versión de la
venganza o la sospecha que alguien lo habría asesinado para querer robarle ¿Quién habría sido? Nunca se supo...
Roque Puell López Lavalle

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