Un niño y una niña estaban acostados en el jardín del patio trasero de una casa viendo el cielo y ambos jugaban a adivinar las formas de las nubes que se hacían en el espacio frente a sus ojos. Inocencia e ingenio en cuerpecitos menudos era lo que ellos demostraban. Era la edad del despertar, aquella en que no se concibe que algún día cambiarán las cosas ni se sabe qué sucederá en el futuro cuando ellos crecerían sin chistar. Y no cejaron ellos de buscar su momento porque habían hallado de alguna manera, el saber expresar su alegría y su felicidad en un juego que pocos habrían conocido. Se dieron cuenta que es el mejor día para estar juntos y ver ese firmamento, respirar el aire de la naturaleza que los hace soñar que aquello no terminaría nunca.
Gozarían así hasta el último instante porque no quieren que nada de lo que hagan, llegue a su fin. ¿Será que algún día nosotros lo vivimos igual? No obstante, los años pasan, el cielo se oscurece y comienzan las preguntas porque las nubes se tornaron rojizas y comienzan las sombras a aparecer. Entonces, vinieron las dudas, las nuevas inquietudes y empezó la resolución de que ese misterio tendría que resolverse hasta que se vayan a dormir.
Y la niña, le preguntó a su inquieto acompañante, qué sentiría si no viera más la luz de este nuevo día, él sin pensarlo dos veces le dijo que lo entristecería mucho pero que tendría la esperanza que una nueva luz vendría al día siguiente. Ella sonrío ante tal respuesta pero ella afirmó que a veces las luces no dejan su brillo aun en la más densa oscuridad. Él le dijo que si así fuera, entonces no tendría que soñar hasta el día siguiente sino tendría que esperar que esa luz brille para siempre. Aun así se sentía confundido pero ella lo miró con cariño y le dijo que ella también esperaría con ansias lo mismo. El niño entendió que la luz era imprescindible y le dio un pequeño beso en la frente.
Pasaron las horas hasta que los padres de ambos los fueron a buscar porque ya estaban muy preocupados. Y todos se maravillaron que ellos seguían jugando a adivinar esas formas de las nubes donde ahora el inmenso cielo estaba muy oscuro. Esperaban quizá que alguna pequeña luz asomara en medio de esas formas amorfas no importando si las estrellas habrían de ayudarlos. Los padres nunca lo supieron y solo se limitaron a invitarlos a casa porque la cena estaba lista para ellos. Sobresaltados, se fueron corriendo a casa antes de que los padres pudieran insistir de nuevo. Ellos se miraron el uno al otro sin saber qué hacer pero al final los acompañaron sonriendo.
¿No será que cuando crecemos nos olvidamos que la luz siempre debe brillar a pesar de la oscuridad? ¿O será que a pesar de la oscuridad más terrible, nuestro corazón no debe tener tantas esperanzas? Nos olvidan huyendo de nosotros porque nunca nos quisieron, son mal agradecidos, no necesitan de nuestro apoyo y aun así nos asimos de la esperanza? Yo creo que esos niños, si sabían de lo que estaban jugando... ¿Y nosotros?
Roque Puell López Lavalle

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