Y pensar que pasaron los años, uno tras otro y hoy, suman 22. Pero algún tiempo atrás tú hermana menor y yo nos encontramos empezando a recordar los bonitos recuerdos de nuestro vivir en aquél edificio inmenso, lleno de aventuras y anécdotas para gente realmente distinta. Era para nosotros, "para los que llegaron tarde", como dijera antes un perdido presentador de músicos y canciones. Vieras como nos reíamos de las ocurrencias de nuestros amigos, los de los mil mundos tan distintos y dispares. Era hasta cierto punto gracioso porque en aquella en época tu hermana venía del colegio y todos la conocíamos, pero ella no miraba a nadie. Además salía solamente con tu madre y no hablaba con ninguno y menos saludar porque las sonrisas que ella tenía, si eran pocas o muchas, nunca tenían un destino amical.
Y entonces, la que no habló ayer se convirtió hoy en una audaz parlanchina, tanto que una vez me contó que tú le hablaste de mí, quizá como un hermano mayor, de repente porque no lo tuviste al vivir rodeado de hermanas, todavía mujeres bellas para mí. Sin embargo, éramos amigos y aunque no nos veíamos tan seguido siempre que podíamos nos íbamos a jugar en los nacientes juegos de pantallas y mentiras con tan solo una moneda para algunos minutos contados por un reloj. Así las cosas fuiste creciendo, eras un chiquillo y yo tenía el tiempo de un joven algo mayor. Pero me di cuenta que eras un embustero y un aprendiz de malvado, así igual mostraste un corazón de galleta y a muy pocos de nosotros, nos pudiste convencer.
Pero pese a todo, me dijeron que te habías casado cuando todos ni pensábamos y muchos nos fuimos del gran edificio. Pero lo tuyo fue bonito y hasta cuando tuviste una hija. Pero al final no la vimos ni la conocimos ni nada, tú habías cambiado y aparentabas ser el gran señorón con tu terno y tu maletín, todo un empresario ejecutivo que prometía un mejor vivir. Nos enteramos después que aquél casamiento fue solo una quimera y de pronto, todo se acabó. Seguiste tu vida y yo la mía hasta que nos encontramos en el parque, tú bebiendo ron y yo alegre de verte de nuevo, conversamos más de ti en tu alegre forma de ese momento. Era evidente que Baco había hecho de ti un loro imposible de callar.
Pero un día recibí la noticia. Habías partido de este mundo sin más legado que tus anécdotas y de un ataque al corazón. La juerga había jugados sus cartas, tú no le pudiste ganar y así sin pena ni gloria te fuiste dizque las malas lenguas a la hora del bañar. Tan joven y tan muchacho no lo supiste superar, ya no importan los motivos ni el por qué no pudiste para con aquello porque al final la pelona te hubo de llevar. Yo me entristecí por la noticia, pudiste ser mi hermano menor, el que nunca tuve por tu forma de amistad. Me dijeron por ahí que fuiste mi engreído y a veces me puse a pensar que era cierto, cuantas cosas me habías de contar, yo en silencio me reía pero al fin te tenía que aconsejar. No te preocupes que a tu amigo le vienen años que cuando pasa por el barrio siempre te recuerda por tu pasada forma de jugar.
Hace algunos años vino tu hermana Helga de Alemania, fue todo un acontecimiento, tantos años que no sabía de ella y sin embargo tuvimos la oportunidad de vernos y de volver a las añoranzas. Nos pusimos de acuerdo y pudimos ir al Camposanto a visitarte. Ahí estaba tu placa, sencilla y al ras del piso, elegante, sobria, indiferente, primera vez que la veía. Nosotros te dejamos muchas flores, ya no te podías quejar. Hablamos de ti, recordamos lo que fuiste para nosotros y que alegría fue para mí encontrarte de una forma más discreta, silenciosa pero grande al recordar los tiempos de nuestra amistad…
Roque Puell López Lavalle
No hay comentarios:
Publicar un comentario