sábado, 22 de octubre de 2022

Jaime

 

Era mi gran amigo, mi pariente, tal fue mi tío querido a quien yo quería desde siempre. Fue entre todos los de la familia, el hermano menor de mi madre y como todos, era un travieso igual que quien escribe. Y así como yo lo veía desde que era un niño, así lo entendí yo, porque era como un padre para mi vida. Así sería el pensar de muchos en la casa, aquél mágico ausente que ellos creían conocer…

Fue un músico de oído, era él la melodía del acordeón porque a más de uno nos deleitó sin tanta preparación. Tocaba los valses otoñales y eran más las canciones que los versos, porque al final todos terminábamos en una gran celebración. Él era el amigo de todos, también de la farra y de la buena vida. Era quien trabajaba mucho según lo decía el tío bandido, porque entonces las fronteras ya conocían su zalamería porque supe que a más de una les arrancó suspiros, alegrías y a todas ellas, dizque que las quería...

Hasta que una vez, la vida le dejó un indeseable aviso. Había una factura impaga que él tenía por cobrar y su familia así extrañada, se preguntaba ¿Qué habría de suceder ahora? Entonces, entre las trompetas de la cita médica y de los desvelos, él se enteró de una noticia crucial. Estaba escrito que era poco el tiempo que le quedaba en esta vida. Muchos se lo dijeron, otros lo alertaron, solo que a él nunca le importó. Llegó entonces el momento del desenlace y no tardó en ingresar al Hospital.

Así entre medicinas y tubos de oxígeno, rodeado de toda la familia, su semblante estuvo realmente mal. Fue en aquellos afanes que el hombre fuerte de antes, se halló muy grave sin otra alternativa que rezar por él. Se hizo mucho para reanimar al gigante que ya se nos iba y solo era cuestión de tiempo. Pero a decir verdad, el amor de nosotros, si lo recibió sin reclamar. Por fin, descansó su cabeza en mi regazo, cerró sus cansados ojos y a todos los que estuvimos con él, nos dejó

Roque Puell López Lavalle

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