En el jardín de la vida cuyo nombre no me acuerdo, florecieron diferentes botones de flores con muchos colores. Violetas, azules, rojos, anaranjados, añiles y los no muy pequeños e insignificantes. Las criaturas de la pequeña tierra, se iniciaron en su momento de ensueño para empezar la exploración del magnífico territorio. Podían algunos escalar los tallos, hurgar entre las raíces, construir refugios, buscar su sustento y hacer todo cuanto quisieran, el mundo visible era de ellos al igual que las mariposas y los pájaros que no dejaban de cantar. Más las flores con diferentes túnicas del momento, se ufanaban preguntándose cuál era la mejor, unas más que otras y aquellas que vivían sin favores, solamente aceptaban lo que les tocaba. Sea por el nombre o por el inusual colorido, muchas prefirieron hablar de las bondades y de los talentos, pero solo una flor se quedó pensando en la libertad.
Vivió los diferentes aromas que adornaban el presente, presenció la conquista de las rosas por el ruidoso abejorro, fue testigo del nacimiento de las diminutas florecillas, las temibles arañas y sus telas, un sinfín de vida nueva vieron sus ojos, quedó asombrada de la figura aventurera de las abejas, buscando ellas el néctar de las codiciadas flores. Todo parecía tan fantástico que no lo podía creer, una mañana esplendorosa, era vencida con el amor del amanecer, Vio un sol enamorado por el atardecer lluvioso y sin embargo ellos dos, pintaban mejor el arco iris. Nacieron las esperadas tardes y los grillos cantaban, una esperanza en el umbral de una nueva nación que ahora si se forjaba. La luna llena se sorprendía más y las estrellas lo confirmaban, habían llegado ya los tiempos trascendentales. ¡Y menuda fue la sorpresa que encontraron los padres!
Hasta que vino la incomprensible brisa del invierno, el gélido momento de las pruebas ante el inocente barullo y la sorpresa de los habitantes. Quizá fueron los tiempos impredecibles sin una pequeña estrella que les avisara, pero fueron los tiempos de las enfermedades, el desencanto que había nacido lo inesperado y ya los tiempos pareciera que esta vez, no eran los mejores. Ahora la risa se convirtió en llanto, las palabras en amargas remembranzas y en callados desenlaces. No había nada que descifrar, nada que arreglar, el invierno había cumplido su cometido y los sueños pagaron su inocencia. El amor terminó siendo injusto por los reproches inconscientes y aunque quiso que fuera diferente, el momento hizo lo demás.
El terruño ya no fue el mismo, se acabaron las oportunidades. Las flores avergonzadas comenzaron a cerrar sus hojas porque los pétalos dejaron su color y a la lluvia no se le vio más. Todos esperaban un nacimiento oportuno, un renacer de las oportunidades pero ahora terminadas. Creían todavía en los vientos nuevos, en el que se marche ya, el invierno fresco. ¿Vendría el incienso de sorpresa al nuevo concierto de la música? Solo silencio… pero nada de eso pasó, así era la vida, así se presentó y solo divisaron a lo lejos, la tristeza inequívoca, de las flores amarillas…
Roque Puell López Lavalle

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