Corría el año 1990 y yo me encontraba en San Salvador, la Capital de la República Centroamericana de El Salvador. Por asuntos migratorios que tenía que resolver tuve que salir del país de Guatemala para permanecer algunos días fuera y luego retornar otra vez. Pero yo sabía en aquél entonces que toda la nación se encontraba en estado de guerra. Desde que me dejó el bus en la Terminal se podía sentir una presión muy grande. No me equivoqué porque las calles estaban en algunas zonas semi-desiertas con no pocos soldados y protegidos con sacos de arena que estaban parapetados en las esquinas de las calles y las ametralladoras bien dispuestas estaban listas para cualquier eventualidad.
Cruzando la Plaza Mayor pude conocer la Iglesia Católica donde Monseñor Romero había sido asesinado un tiempo atrás. Estaba clausurada y totalmente perforada por las balas de aquel atentado donde murió también la población que estaba en aquél momento escuchando la misa acostumbrada. Era sobrecogedor ver estas escenas y ser testigo de ver una ciudad en apariencia tranquila pero pero viviendo como dije sus momentos más difíciles sin ninguna duda. Me encontraba viviendo sin querer, un turismo fatal que a veces no tenía cuando terminar...
Uno de esos días, cuando daba un paseo, pude divisar una fuente de agua muy hermosa, la llamaban "La Fuente Luminosa", que fue testigo según me dijeron de hechos funestos en los momentos de las confrontaciones. Pude inmortalizarla con mi cámara fotográfica que cargaba en ese instante pero lo que si me extrañaba era ver la bandera de USA flamear por encima de una pared muy alta, semejante a un cuartel bien resguardado. Transcurrieron unos cuantos minutos cuando dos jeeps se detuvieron frente a mí más o menos a unos 20 metros de distancia de donde yo estaba. Eran sin duda los paramilitares vestidos de civil y los pude identificar plenamente.
Bajaron armados con fusiles M - 16, aquellos que se usaron en Vietnam. Sentí temor por la forma de querer abordarme estos señores y presentí que mis días en ese momento ya estaban contados. Yo estaba parado de medio lado y en una de las manos tenía el diario del día y en la otra como ya expliqué tenía mi cámara de fotos. Los miré sereno, de frente y desafiante, habida cuenta de que --a la muerte se le debe enfrentar cara a cara y sin temor-- y así, uno de ellos levantó el fusil y me apuntó a la altura de la cabeza pero yo permanecí en mi sitio estático y enojado, esperando el fatal desenlace. Entonces, el de al lado en forma agresiva, le bajó el arma a su compañero con el brazo derecho gesticulando palabras incomprensibles contra mi persona. El aludido, solo atinó a mirarme con odio obedeciendo la orden de mala gana pero inmediatamente sin más preámbulo en ese momento, todos desparecieron raudamente. (Mucho después me había enterado que este extraño “paredón” colindaba sencillamente la parte de atrás de la Embajada de USA y no había letrero alguno que avisara que esta zona estaba restringida)
Bueno, después de todo morir en patria ajena, era un honor para mí porque mi ideal era morir por la causa de Quién yo he creído pero no pensaba que iba a ser de esa manera tan inusual. En fin, no todo sale como uno quiere. Yo me quedé aun más tranquilo porque obviamente tuve temor pero gracias a Dios pude dominarlo en ese momento. Respiré entonces profundamente pensando que Aquél me quería en esta tierra todavía. Pero tuve que seguir mi camino cuando ya estaba cayendo el sol llegando a mi destino sin ninguna novedad. Luego al irme a descansar me pregunté soberanamente en mi lecho: ¿Para qué me sucedió todo esto? Y me quedé dormido hasta el día siguiente...
Luego cuando días después me fui del país arreglando mis papeles y recordando lo que me ocurrió, obtuve la esperada respuesta...
Luego cuando días después me fui del país arreglando mis papeles y recordando lo que me ocurrió, obtuve la esperada respuesta...
Roque Puell López Lavalle

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