lunes, 24 de diciembre de 2018

Malas costumbres


Como cae la garúa del invierno, persistente y tediosa, pidió Gregorio una ayuda temeraria a gritos destemplados a la guardia virreinal que se llevaba a su hijo. ¡¡Suelten a mi muchacho que él no fue el protagonista de semejante sacrilegio!! ¡¡El no fue a la escuela, él nunca pudo saber cómo se manipula un arma de semejante peligrosidad!Su compañera replicó: ¡¡Cómo puedes pedir clemencia para tu hijo cuando tú mismo lo iniciaste en malos caminos y ahora quieres librarlo como si fuera un desgraciado!! ¿¡No es mejor que purgue dentro de la sombras y aprenda un oficio que malgastar su juventud en una inútil ejecución!? ¡¿No basta que se refugie en un indeseable como tú que dio su vida en borracheras y en aires de una disfrazada decencia?!

Díjole entonces Gregorio: ¡¿Cómo puedes replicarme mujer, madre deslenguada porque cuanto más te necesitaba el imberbe, tú te ibas a llorar a tu madre por los maltratos de tu amante?! ¡¿No era mejor que busques un poco de mesura, un poco de atención en vez de encontrar pretextos para un inútil matrimonio!?

Y el joven era llevado al cadalso entre los guardias de alguacil, vendados los ojos entre la turba que no comprendía el mensaje del por qué era llevado a semejante final. Sin embargo, los padres se desgañitaban y se acusaban mutuamente de la injusticia. El desnaturalizado padre y la apesadumbrada madre nada podían hacer, la suerte estaba echada; Artemio vería en contados minutos, sus fechorías pagadas en la filuda hoja de la guillotina y su verdugo. Antes de leída la sentencia, presentadas fueron las acusaciones de un testigo. Pero a éste,  la conciencia no le dejaba tranquilo cayendo en contradicciones y era obvio que había una maliciosa acusación. Surgieron entonces las dudas de los magistrados, no habían pruebas contundentes pero más valía la elocuencia falsa del fiscal que las voces que gritaban libertad para el condenado. 

Sin embargo, poco se buscó en las acciones. ¿Cómo una frágil figura de desdeñoso semblante pudo consumar semejante delito? ¿Cómo se puede reclamar justicia cuando no se ha probado la culpabilidad del acusado? ¿Cómo se puede alegar un derecho si más puede el orgullo y la mezquindad del fiscal al no dar una prueba fehaciente de la veracidad de lo que había ocurrido realmente? Así eran las épocas cuando se hablaba de dar justicia, mucha filosofía y pocas las esperanzas de vivir. Sin más que argumentar entre las partes, se procedió a cumplir la innoble ejecución. Cuando cesaron los tambores, irrumpió una voz en el escenario. Una confesión a voz audible a último momento, fue del testigo que se hizo escuchar por primera vez. 

Las esperanzas parecían regresar, todo empezaría de nuevo pero ya era tarde para el desenlace y ya no hubo momentos de retroceder para romper las cadenas de la injusticia. Ya en la guillotina, cayó sin demora la cabeza, besó rápidamente el cesto y quedaron todos los presentes en un profundo silencio lanzando un supuesto gemido. No se dieron cuenta de la tremenda equivocación en que se habían sumado.

Así es la humanidad, más de dos mil años tienen todavía esas malas costumbres. Se sigue eligiendo a los ladrones y malhechores creyendo más en los malhablados, defendiendo siempre los derechos humanos del criminal no sin antes terminar con la vida de los que injustamente son los acusados.

Roque Puell López Lavalle





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