Las tardes poco a poco terminaban en los horarios de salida de los empleados, los días bulliciosos comenzaban a ser pequeños y el sol ya dormía porque la luna se adelantaba presta para reinar. Muchos apuraban el paso para llegar a su destino porque la oscuridad pronto venía y nadie en ese momento, se atrevía a chistar. Las interminables colas para embarcarse en los buses y carros, no paraban de formarse. ¡Oh ciudad de los contrastes!
Entonces, mi nombre buscaba el tuyo, mi pensamiento volaba hasta tu semblante y a lo mejor sabría dónde encontrarte. Sin embargo entre mis afanes, te hallé dibujada entre las sonrisas de unos niños que todavía jugaban en la acera de enfrente. Qué candidez, qué inocencia en sus miradas, incluyendo esas manitas sucias del tanto trabajar el día. Ellos me llamaron la atención por los ojitos traviesos de tu recuerdo pero también me hicieron acordar el amor de los muchachos inocentes, ese que se perdió en el tiempo y a pesar de ello, todavía se encontraba intacto. ¿Habríamos sido quizás, cómplices de singular historia?
Quizá la sombra que sigue
tus pasos se perdió en lo que parecería tu silencio pero aun así me encontraba
en apuros. De repente estabas escondida en el azulino del cielo o tal vez en la
campiña con aquellos inmensos árboles de pino que tanto me gustaban. En ese
entonces, era vario pinto el follaje que escondía al lago azul donde solía
pintar mis cuadros en mi caballete de madera. Pero también plasmaba mis
grabados de carboncillo que eran para mí como una gran amistad sentida.
¡¡Tremendo sentimiento!!
Las flores de mis lienzos
podrían compararse a tus misterios que escondías temerosa para mí. ¿Quiénes
podrán descubrirlos? No lo sé porque esas flores las encontré solas pues nadie
las había cuidado en el bosque. ¿Quiénes las encontrarían? Me contestó el silencio
y nunca me enteré. Pero en cambio, yo si tenía tu fragancia pero no entendía el
porqué de tus espinas. Solamente sabía que en tu frente noble acompañada de tu
ondeada cabellera llevabas más de una rosa mía pero en tu mirada serena, quizá despertaba
de los laberintos de este sueño que me invitaba a contemplarte de nuevo.
¡¡Cuánto te quiero!!
Y sin embargo, allí estabas,
extasiada de momentos y cansada de mirones ciegos porque las respuestas ya no
las tenías y sin embargo, mostrabas sonrisas. ¡Quién te entiende! Ayer me hablabas
de las pobres bonanzas de tu pueblo, de las injusticias que atravesaban por una
palabra incierta. Así también terminan los pasquines de los inocentes, en toda una
vorágine de promesas y expresiones bobas que hablan las verdades de noche, más
destilan mentiras por la mañana. Y tú estabas descontenta allí, pero me creías
y yo te admiraba…
Y así vuelvo entre las
calles de los humos, de las bocinas locas, entre la tarde que ya muere, entre
el chirrido de los autos y las camionetas coloridas. Regresas, quizá por la
misma vereda, tal vez por el mismo camino de la mañana donde se encontraron dos
besos. Uno que era el mío y el otro era el de la despedida si lo recuerdas, aquella acera que una vez nos
prometió encontrarnos en el claro de las mañanas o de repente me imagino, como dicen los antiguos moradores, “bajo el puente”, donde llegaba el último tren de la tarde...
¡Claro! El caballo de hierro,
aquél viejo latón de recuerdos y ensueños, el contador de chismes y de cuentos,
que no se olvidó dónde nos pudimos encontrar. Y tal vez allí pudiera darme
cuenta de mis anhelos porque mi corazón no dejó de latir. Más ahora, debo de irme y no sé si regresaré. Es más, podría
robarte un apasionado beso y tal vez aparecer en todos tus sueños y en ninguno,
si es que tú me lo permites o tú amar a mi corazón desnudo y yo amarte todas las noches
yertas, si tu alma quisiera…
Roque Puell López Lavalle

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