Las lluvias en la primavera son inusuales y extrañas porque el cambio de estación supone las esperanzas para un nuevo comienzo y los pretextos de algunos incautos para disfrutar una alegría reinante. Son diferentes los momentos que la vieron nacer, entre las nubes negras de la mentira y lo difícil que significó el sustento, para vivir una nueva esperanza.
Sin embargo, creció entre
las espinas una flor de extraordinario sentir, quizá una que dio la diferencia
entre la tanta grama silvestre y las flores pretenciosas y orgullosas. Dio
indicios de ser alguien diferente, predestinada para ser la mejor entre las mil
y una oportunidades que le ofrecía la vida.
Fue la única en su especie,
pudo entristecerse o quizá dejar de reír, tal vez no hubo manos para prodigarla
y aun el llorar no justificó alcanzar su más triste momento. La vida así lo
confirmó, la sentencia no dudó en ser manifiesta y la injusticia se dio sin más
miramiento para tratar de ahogar a la más valiente y guardiana de los ideales.
Pero el enemigo no lo pudo
lograr, una Luz de esperanza se dio para conquistar y triunfar, no para que
pueda zozobrar la voluntad y el sentido de la derrota. No importaron los
caminos difíciles, tampoco la terquedad de lo imposible en la distancia y el
tiempo, en el largo sendero de la equivocación. Nada de eso, triunfó de lejos
la Verdad.
Pasado el tiempo conoció el
romanticismo de los poetas, acaso el de los dioses de la Mitología que
únicamente tenían hijos para la guerra o para la vida falaz y sin sentido. Sin
embargo, también pudo sortear las montañas del peligro, los abismos insondables
del cinismo y fruto de ello, nacieron las nobles criaturas de la expresión artística,
tal vez los hijos del apasionamiento, los hijos del amor.
Valientes fueron los que se
quedaron después del revés y el vendaval de las maldades en pos de una víctima
en el panteón frío y solitario. Malas artes y malas voluntades quisieron otra
vez desparecer todo indicio de la verdad y del clamor. Y se fueron dando las
cosas en el laberinto, el ímpetu los vientos, las mentiras del momento y sin
embargo, la casa establecida en la roca, nada ni nadie la movió.
Y la flor que pudo perecer y
renegar de sus pensamientos, sola quedó sobre las marañas de la ignorancia, en
la derrotada intención de los más audaces. No por eso cambió, al contrario, fue
la más generosa, la más sonriente, quizá la más consecuente entre las tantas
mareas y los caprichos del mar indiferente. Ella entonces, envalentonada, sigue
adelante y sin desmayo, no cejó en ningún momento, las sonadas batallas del
Camino, los encuentros vívidos de la Verdad y la belleza primorosa de la Vida.
Lástima que ahora se fue al cielo, y no está más entre nosotros pero seguramente, hará una revolución de lo que más quiso y defendió, los innumerables motivos para una vida mejor. Por eso en este momento que
la recuerdo, me siguen gustando los aromas que despidió de su ser, aún es la
soñadora, aún es la conquistadora y guerrera, aún sigue siendo para mí la más
bella de todas, la flor de la candela…
Roque Puell López Lavalle

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