viernes, 28 de abril de 2017

Cuerda de tres dobleces




Hoy me fui para esperarla. Llevaba un ramo primoroso de flores, las más hermosas para alguien que en mi corazón latía de esperanzas, para la más bella de mis emociones y para seguir queriéndola con tantos temores. Quería conocer el fin de mis días en las mañanas de la esperanza, en el atardecer de mis años o quizá en los murmullos de la noche. El tiempo hacía sus oficios de siempre y en las montañas del recuerdo, en las hondonadas de mis pensamientos se encontraba ella, mí amada la solitaria. ¿Por qué tanto barullo? ¿Es qué no se puede soñar en el encuentro? ¿No se puede revivir un bello sentimiento? 

Los nubarrones parecían pedirme lo que antes no fue, los vientos reclamarían las palabras que se deberían de expresar pero su rostro de aquél momento se quedó grabado en mi acongojado ser. Sin embargo, una vez estuvo cerca y fueron tan solo momentos, tan solo encuentros que aquella vez no se pudieron reafirmar. 

Su voz en aquél tiempo estuvo ausente cada tarde y retumbó en los sonidos de mi conciencia pero nunca se supo en que habríamos de terminar. Pero las esperanzas fueron alcanzadas nuevamente por la realidad y otra vez los caminos se volvieron a encontrar, grandes serían las experiencias que relatar, habrían seguramente mejores momentos que experimentar y el recuerdo de sus palabras me tenían que encantar.

No obstante, las emociones y las acciones fueron otra vez desdibujadas por el desasosiego y  por las tormentas de un regreso impensado y certero. Recuentos que se pudieron expresar y ver, momentos de su vida que iban a ilusionar mi fe y que de alguna manera tenían que quedarse entre nuestras almas inspiradas pero el azar se los llevó sin poderlo detener. Aun así, conjugamos nuestras vidas nuevamente con miles de experiencias, unas sufridas o ingratas, conscientes y triunfantes pero siempre al final las mismas, llenas de colores y bendiciones que tanto afirmaban mi corazón al suyo. 

Ya en el momento de la verdad, vino a mi mente tu rostro sonrojado por el viaje, tu sonrisa de siempre, tus ojos ávidos del encuentro y mi corazón henchido de encontrarte para siempre. Nuestras miradas se comprendieron finalmente, no hubo nada que hablar. El contemplarte sería suficiente, el abrazarte sería el final eterno. Solo nuestro beso largo y apasionado pudo hablar lo que no se atrevieron las palabras. Y si las miradas hoy pudieran decir algo, solo podrían afirmar lo mucho que te amo y lo que siempre esperaba este momento.

Ahora las noches serán nuestras, el concierto de las palabras serán incontables y nuestro amor volará inmenso. Se mostrará como el infinito cielo azul que te encanta, se mirará como el encuentro de dos en el horizonte, infinito y sin nombre. Habrá solo dos siluetas que se funden en el instante, una para entregar el manantial que no termina y los dos para beber de la fuente que es continua. 

Por eso siento soñar siempre en aquel encuentro, llevarte así las flores más bellas para que seas la más hermosa, así en la mañana como en la noche, sellar con un beso tierno nuestro mutuo contentamiento. Esto es para que sepas que lo mío es para siempre, para que te enteres que mi amor es como un juramento, que solo estará invalidado cuando yo esté muerto. Mientras tanto vivo este mismo instante en el que te estoy escribiendo. 

Lo que sucederá en tu corazón y el mío será unido como el mar a las tormentas; pero esta vez anhelo que sea más fuerte, como una tremenda cuerda, si, como una tremenda cuerda... de tres dobleces...

Roque Puell López Lavalle










No hay comentarios:

Publicar un comentario