Qué bello el poema, qué bella la mujer madura, quién por ella suspira es porque entendió su bravura. Si el amor que le prodigas es una eternidad, feliz estará el hombre de ser cómplice de tremenda responsabilidad. Pero el conquistador ha de ser valiente y atrevido para dar amor en serio y ser correspondido. Debe saber que no hay dicha más grande que amar a la mujer madura y así juntitos, no debemos olvidar que es un amor verdadero más no una locura...
¡Qué bello poema, qué bella la flor que me regala su perfume! No la cambio ni por el cielo ni por los colores de la aurora, ¡Qué no muera el amor ni tu recuerdo de aquella tarde! No me olvides por tu experiencia o por tu sonrisa que me hiere. Nada, ni por el privilegio de haberte conquistado, ni por haberte solamente una vez amado…
Roque Puell López Lavalle
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