Desperté con un dolor de cabeza careciendo del desayuno de siempre, con la boca amarga y de tanto en tanto sangrante por la que quizá era la herida del huraño, la del parco, aquél que no hablaría por temor y el qué dirán de su triste semblante. Y solitario en la cama grande, me puse a pensar si lo que me alumbraba era la resolana del día o la luz de levantarme ya sin prisas o sin cuidados, total, uno está acostumbrado a vivir siempre como un soldado. Así pues me bañé y me vestí. Sin duda pensé liberarme en la alameda de los perdidos cerca al parque de la esperanza porque la medusa de mi casa, ya se encontraba indignada pero así le hablé a su pensamiento con mi profunda mirada:
“Me encontré que hablabas con el amigo de antaño, con aquél ingrato de siempre, que buscaba encuentros para hablar de sus temores y fracasos. Te vino a visitar porque a mí no me llegó el anuncio de su llegada y me di con la sorpresa cuando iba de salida a los enredos de mis sentenciados. Quién sabe las mentiras que le dijiste, las premuras que compartiste en una pléyade de palabras sin sentido y sin esperanzas. Seguro que fue con el corazón doliente y disfrazado de palabrerías tiernas, aterciopeladas, con las vacilaciones esperadas buscando el eco de tus sentimientos. O quizá pensaste en el mal proceder de ese alguien quién tu conoces, aquel hambriento de justicia. Luego te rendiste, callaste llorando, exigiendo la venganza de los dioses, la revolución de las sangres y el juicio a los traidores”.
Pero aún estaba la palabra en mi boca para expresar mi rechazo y tuve que salir entonces, en medio de complicaciones, quizá en un intercambiar de idas religiones para experimentar un saludo realmente falso, falto de sentimientos y de no pocas razones. Aun así me atreví a preguntar al iluso el milagro de su visita y si sería perjuro el creer que vendría siempre o eran etiquetas mentirosas que se fingen al más puro estilo de un gran caballero. Así las cosas y sin respuesta del malcriado, asenté mi sombrero, anudé mi chalina y un cigarrillo importado calmó el frío que me acordonaba. ¡Fue estúpido entonces el gran encuentro!
Recordaba en la variedad de mis pensamientos, el pasado vergonzante de una serie de impropias conductas y de amigos desleales. Ahí estaba el que de inteligente era solo el nombre porque no daba pie en bola en lo que predicaba y menos aún, en lo que aconsejaba. Aquella maravilla de ser una estrella, una mujer de carácter según su escuela y su linaje, pero en una abrir y cerrar de ojos, se llevaron su virginidad mental en un instante. ¡Pobre de la ingenua! Y aquél que reclamaba la amistad como una fuerte y sublime espada de la verdad, no se apareció nunca en la carencia o en la enfermedad, porque no reconoció la diferencia entre la vida y las letras vivas de una sagrada escritura. Qué ciencia y veracidad se muestran al final al iletrado y que falsos son los muchos que les cantan canciones o palabras huecas a más de un desorientado... ¡Qué vergüenza!
Y así fue la mañana y la tarde, penoso era el caminar entre el smog con el andar lento de la movilidad caótica. Con la paciencia y la mascarilla impuesta, presencié el robar carteras y bienes de un pandillaje que no mira miserias ni edades como antes, porque para ellos es un placer robar sin trabajar igual que los otros, elegantes y de buen semblante. Ellos hurgan también, pero no son unos principiantes así vistan con saco y corbata. Muchas son las aflicciones del justo pero el Eterno lo librará de todas las abominaciones del pobre dictador ingenuo... ¿O tengo que diferenciar si es un espejismo que entre nosotros, igual nos sacamos el corazón entre algunas falsas verdades?
¿Y el tiempo se detuvo? No, el tiempo no se quedó ensimismado por mis planes y desvaríos. No escatimó en demostrar que todos los males los colocó en una cabeza y que habría de ser ingenuo pensar, que vendría el César malévolo para que de un cuajo, haga morir a todos los ultrajes. Pero así tampoco se irán los malos tiempos, así menos se irán las horas de la inoportuna llovizna persistente que gotean interminables en la vida del pobre que votó por el cambio y que ahora toca su guitarra vieja en cada esquina de la ciudad.
Solo sé que debí despertar hace tiempo de tan largo engaño, de tan odiosa letanía, de encuentros sin sustento de la humanidad sin vida y que ahora agoniza. Sé que nací solo, que crecí en la guerra de dos mundos y que aun así no se han ido las malos horas y menos pensar que hoy, tuve un mal día...
Roque Puell López Lavalle

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