miércoles, 17 de julio de 2019

Volare



Para algunos, volar es un placer y para otros es pensando dos veces más si uno lo hace en una avioneta pequeña para cuatro pasajeros que sirvió en el Viet - Nam. Hace unos años salimos con misioneros del campo de vuelo de Atalaya en el Departamento de Ucayali en la selva peruana. Fui con mi amigo Eugenio Bragg para una obra muy importante en aquel lugar.

Nuestro destino era el caserío de Oventeni en el Gran Pajonal. Esta región, extendida por 3 Departamentos, respira mucha historia. En el s. XVII por ejemplo, el nativo “ashéninka” criado por franciscanos, Juan Santos Atahualpa mantuvo en jaque a los españoles que jamás lograron sojuzgarlo en más de sus muchas correrías hasta que un "Mariano Lechuga", lo asesinó misteriosamente. Hoy en día sigue siendo la tierra de los “campas pajonalinos” como así se les denomina a esta etnia, hoy llamada Nación. Son famosos por ser un pueblo de armas tomar o mejor dicho, son un pueblo guerrero que aun se pintan la cara con achiote y raíces de plantas que les dan un aspecto fiero si se declaran en pie de guerra. Pero hoy lo hacen por cuestiones de apariencia y cultura. Visten en la actualidad con la "cushma" que se asemeja un gran camisón largo de color marrón y la usan tanto los hombres como las mujeres. También viven de la ganadería y de una agricultura incipiente en una extraña convivencia con los colonos de la sierra del Perú. Llegar aquí es "una aventura en el aire" por la altura de sus montañas y los farallones totalmente cubiertos por la densa vegetación.

Desde que salimos con mi amigo Rett Bragg, la avioneta se colocó en posición ascendente, pasando los 10,000 pies hasta coronar la cumbre donde recién se puede divisar en profundidad el caserío. El descenso es también espectacular pues se realiza en círculos tal como si fuera un tirabuzón hasta decolar en una cinta verde en medio de casas colocadas en fila como si esperaran una visita.

No obstante que en un vuelo de regreso a Atalaya, luego de unas bellas horas de sol radiante, una impresagiable tormenta se nos presentó muy alegremente. Parecíamos escuchar que las montañas se rompían en mil pedazos, luego se alumbraba el cielo con relámpagos interminables para terminar finalmente en una lluvia feroz. Éramos cuatro personas y pensamos ilusamente que pronto terminaría todo lo que presenciábamos en esos momentos. El piloto siendo más experimentado, tomó su carta de navegación para determinar la ruta mientras que nosotros en realidad no veíamos nada al estar todo muy oscuro. Sin embargo, vimos abajo de nosotros un rio el cual nos sirvió para seguir su curso ya que ir por las montañas era una muerte segura. Ya teníamos buen trecho volando y la avioneta se convertía en un "papelito" en el aire por los fuertes vientos siguiendo al hilo plomizo y serpenteante que más parecía esas películas de Hollywood en blanco y negro. El silencio era obvio, no sé si estábamos asustados pero la humedad y el frío hicieron lo suyo. Parecía que estábamos en el limbo, estábamos solos en medio del aire con el horizonte totalmente oscuro. Era simplemente el silbido del viento y el sonar de la única hélice de nuestro viejo mono motor El resto era un cuadro sin pies ni cabeza, solamente éramos un puntito en el firmamento sombrío que todos experimentábamos.

Pasaron los minutos, largos, interminables y la tormenta seguía y seguía con más furia pero sin saberlo nosotros, los caprichos de la naturaleza no se hicieron esperar. Vimos una abertura en el cielo, una luz esperanzadora que nos invitaba a entrar rápidamente. Ni corto ni perezoso el piloto lo hizo en una escala imaginaria y nuestra sorpresa fue muy grande esta vez al cruzar por ella.. ¡Estábamos en otro mundo! Teníamos un bello cielo azul y abajo quedaba la tormenta como un manto negro aún amenazante. Eran dos vidas distintas, otra vez el calor, el cielo celeste y la alegría de vivir reinó entre nosotros. Nos quedaba poco combustible y luego de un largo trecho siguiendo la línea del río abajo aterrizamos por fin en el pueblo de Atalaya pero con llovizna y el cielo nublado Lo que se hacía normalmente en veinte minutos se alargó a una hora y más entre las cabalgatas del viento que hacían de la avioneta un juguetillo gracioso y ocurrente.

Una experiencia personal que nunca olvidé hasta este momento. En mi candidez, felicité al piloto por su pericia y aplomo. Pero él, firme y a la vez esbozando una sonrisa me dijo: 

¡Dirás que bueno es el Señor que nos dio la salida en medio de todo!

- ¿De veras? 

Contesté incrédulo, pero pensé que allá arriba viví ése mágico momento de las densas tinieblas que me invitaron a ver la belleza de su propia oscuridad. Mi amigo rett también quedó sorprendido y esbozó igualmente una sonrisa.

Yo me pregunto ahora si en el mundo en que vivimos la cortina de la ignorancia pretende nublar para siempre el pensamiento y el sentimiento de seres como nosotros, humanos finitos y contradictorios. Supe que hay puertas en nuestra vida de esplendorosa luz a las preguntas sin respuesta. Todo está en buscarlas y la encontraremos sin duda en la verdad de lo que deseamos. Sé que despierto cada mañana en un lugar que existe, que es real y que tiene en sus más misteriosos escondites, una luz que me ilumina y convence al ser más impenitente.

Pero ignoro realmente si todos nosotros podremos gozarnos en encontrar un tiempo de volar y soñar despierto, o tal vez caminar entre las tinieblas no teniendo esperanzas así nos den una buena noticia. Depende de nuestra decisión de cómo vivir realmente el presente confiando en Jesucristo, que es la Luz del mundo...

Roque Puell López Lavalle

No hay comentarios:

Publicar un comentario