Había una vez un pavo real de color azul muy bello. En toda la comarca era el más hermoso y el más amado, pero también el más temido. Su corona la ostentaba orgulloso por ser descendiente de la realeza y por el gusto de ser sobre todas las cosas, se mostraba siempre el más complicado.
Muy ufano él, caminaba en sus dominios acompañado siempre de su corte y de su guardia imperial. Un mirlo cantor, que entonaba su guitarra por los caminos, sin cuidados y complicaciones, se le acercó tímidamente para brindarle su amistad sincera. Su graciosa majestad, al verlo tan misterioso y atrevido, sonrió como muy precavido pero aceptando al fin, la inusual propuesta no sin antes contratarle como su músico personal. A todo esto, el mirlo aceptó sorprendido pero… ¡Oh decepción! – pensó el rey - Tan sólo era un pajarraco musiquero ¡Un cantautor sin sangre azul que recorriera por sus venas! No obstante, más pudo el qué dirán que una decisión consciente. ¡Pobre el pajarillo!
El mirlo entonces, insistía en sus composiciones y más fue por su amor propio que por una mesada inteligente. ¡No era pues, un principiante! Sus notas alegres y melancólicas admiraban mucho a los entendidos y la corte se alegraba con el concierto. Pero el estirado rey torcía muchas veces los ojos poseído por los celos o… ¿Estaría sordo? ¡Quién lo sabe! Y sin saber lo que quizá no entendía, tremendamente indiferente, hizo terminar el concierto en una ocasión y de una buena vez....
Entonces, a pesar de la sorpresa hecha, no hubo más qué hablar…
El mirlo entonces, tuvo que marcharse. Dolido y humillado, voló al horizonte, se llevó a su instrumento compañero y desapareció para siempre cansado de alegrar al controvertido palacio. Rumbo a su destino, sin tanta compasión y olvido, musitó una triste melodía que con el correr de los días, se fue yendo como una luz que se apagaba en el firmamento...
El tiempo pasó, fueron largas semanas y el mirlo recibió con sorpresa una carta debajo de la puerta de su casa... ¡Había recibido una noticia terrible! ¡Una plaga de moquillo se había extendido en toda el territorio! A todos los rincones y gallineros aun lejanos la peste con saña asolaba. Y presintió entonces, una desgracia. Se enteró entonces que su real amigo, había muerto. El certero virus desgarró su vida y su blasón… ¡¡Oh qué pesar tan grande!!
¡¡Al diablo con la realeza!! - se lo dijo muchas veces
Lo que pasó es que el mirlo quería en ese tiempo, darle la noticia a su amigo pero se la guardaba celosamente para prevenirlo y pensaba decírsela después. Resulta así que el antídoto lo tenía y pensó entregárselo él después del Concierto de aquél día si tan sólo por un instante, él lo hubiese escuchado sin haberlo corrido. Pero lenta fue su decisión y muy tarde el momento para para salvarlo. Sin embargo, nunca se imaginó lo que habría de venir.... ¡Trágico desenlace!
Roque Puell López Lavalle

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