miércoles, 1 de agosto de 2018

Entre el canto y el desencanto


Espero tranquilo el tren de las once y treinta de la noche en la Estación de mi pueblo y mientras transcurre el tiempo, decidí dibujar unas líneas sin sentido en mi libreta. Seguramente terminaré escribiéndote una carta como antes la hacía años atrás cuando era muchacho. No sé si la leerás o si la recibirás alegre al saber de tu viejo amigo o se perderá quizá entre los suspiros largos del olvido, ¡Quién sabe! Es la verdad y ahora no lo quiero ni pensar... 

Fuiste siempre impredecible Isabela. Tienes una mezcla de emociones y llevas en ti un silencio que te descubre. Eres de una belleza que para mí es un misterio y que quizás por eso, no quieres hablar con nadie. Me quedé prendado de ti sin darme cuenta en el primer instante que nos presentaron pero ahora que te conozco un poco más, no sé lo que vas a hacer realmente. Me doy cuenta que sufres un amor no correspondido y nada puedo hacer por ti. Me gustaría  darte un consuelo pero actúas como de costumbre, de forma rutinaria e indiferente. Me enoja tanto tu actitud, que en mi soledad, ya no te puedo soportar...

Sin embargo, deseo bailar contigo un vals interminable con tu adornada belleza y con tu vestido de noche. No desearía sentir el tiempo de la melodía que nos invade para que los dos no regresemos nunca de este sueño. Querría cambiar tus penas por mis alegrías, darte mil besos apasionados por los tuyos que  los siento ahora tan áridos y sin sentido. Así tal vez tomaría la burbuja en que respiras, la melancolía que vives y la que disfrazas a todos con una simple sonrisa...

Ahora me imagino en la cima de mi montaña divisando entre las llanuras, tus ojos de gorrión ingenuo y tu candidez que me invita a contemplarte. Sin embargo, vuelo como el águila con la mirada fija en tu figura para mostrarte mis vivencias. Si todavía crees en la luna que sabe ocultarse sin dejar rastro o si piensas que el viento te acaricia sin saber lo que piensas, vívelo ahora. 

Busca después en el silencio; sígueme por el anchuroso mar donde está mi fuerza y quizá me hayas encontrado. Soy como las sombras que no dejan un camino, soy la angustia que no ves pero que la sientes. Soy el tornado que se torna furioso delante de tus ojos y tal vez sea la espuma de las olas que mojan tus pies. Mi amor se deslizará en tu recuerdo y aunque presientas que tu soledad te pierde, sabrás al fin, que estoy a tu lado. 

Mientras tanto, andaré peregrino y me acordaré de ti cuando viaje, también cuando descanse  en mi solitaria litera. Fumaré un cigarrillo y entonces evocaré a graciosas fantasías, caminaré inventando historias, esas de grandes encuentros y de sonadas victorias. Lo haré hasta que me harte y después te llame por tu nombre viniendo tú presurosa hacia mí sin saber cuándo. 

Escucharé nuestra canción de antaño, esa sin letra, pero con música de piano y si se me ocurre, beberé como vikingo presumiendo bravura o publicaré mis poesías con arrogancia. Pero yo sé que en alguna de estas noches, entre el canto y el desencanto de mis sentimientos, tú terminarás de una vez para siempre, mi triste llanto...

Roque Puell López Lavalle

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