No se conocía en los relatos de la caballería medieval, las historias de los valientes de brillante armadura acerca de las incursiones en los viejos castillos y en las aventuras tan increíbles como las de los dragones que escupían fuego o los torneos de los atrevidos o las historias de las princesas arrancadas de los brazos de un farsante. En aquél tiempo se cumplía la prueba del amor con hechos de violencia, arriesgando la vida y el rescate de una dama por un caballero andante.
Era hidalgo su vestido, de elegante color azulado. De un temperamento ardiente, de una prestancia y de un carácter forjado en la decencia. Era también muy prolijo y de impactante figura. No era el hombre taciturno y de poca valentía, porque demostró a todas luces que nunca nadie lo había vencido. Levantó su estandarte dejando honor a su apellido, venía de casi sufrir la muerte pero revivió su enérgica osadía para que otros no crean que él quedó postrado en un final desenlace.
Muchos fueron los bosques, los caminos y las pruebas que venció en pos de su reconquista. Palmo a palmo cruzando aún los pantanos y los ríos, no se halló en él un espíritu de desaliento. Se iba raudo a tomar a su amada al galope de su brioso y bello caballo blanco. Iba convencido de su noble ideal y por eso blandía su espada al aire y daba esperanzas a todos, con tal de recobrar a la mujer de sus amores.
Pero Dios no lo quiso ayudar. Después de tantas peripecias, él halló por fin a su adorada pero ella se encontraba vaga, perdida y sin reaccionar porque fue lamentable que el nombre de su caballero, ya no lo podía recordar. Estaba enferma, su memoria estaba realmente perdida. Entonces, sin más miramientos al encontrarla así en ese momento y luego de meditar, la ofreció en sacrificio incruento para que Dios la cubra de su poderosa sanidad...
Y mientras sucedía el tal milagro apeó su caballo y se fue a la mar. Desesperado, con el rostro perdido no paró de cabalgar hasta bien entrada la noche y solamente descansó rendido cuando encontró que la luna llena y brillante, reinaba en la bahía. Buscaba apenado, entre la oración y entre el sudor que le corría por el rostro, una respuesta clara que calmara así, su interminable melancolía. Entonces, le increpó al cielo: ¿Qué es lo que debo hacer ahora? ¿Qué es lo que el Eterno me quiere mostrar?
Solamente le respondió el silencio y las ondas del inmenso mar...
Roque Puell López Lavalle

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