Al portón de mi antigua casa entre las callejuelas de mi pueblo, escuché por los vecinos que había llegado a nuestra plaza mayor, una dama y su madre. Dos mujeres que hacía mucho tiempo marcharon para la capital en busca de mejores oportunidades de estudio y trabajo.
Yo conocí a aquella señorita desde que era una niña porque era amigo de sus hermanos mayores y ella era casi de las más pequeñas. Apenas la pude ver, la encontré una mujer muy atractiva y pronto me di con la sorpresa que aun no se había casado. Nuestro encuentro fue casual a los pocos días de su llegada y tendríamos seguramente mucho que conversar. Yo era entre todos, uno de los más influyentes en la ganadería de mi terruño porque había heredado la finca de mi padre dedicándome de lleno a las labores agropecuarias. ¡Qué tremenda responsabilidad!
Yo conocí a aquella señorita desde que era una niña porque era amigo de sus hermanos mayores y ella era casi de las más pequeñas. Apenas la pude ver, la encontré una mujer muy atractiva y pronto me di con la sorpresa que aun no se había casado. Nuestro encuentro fue casual a los pocos días de su llegada y tendríamos seguramente mucho que conversar. Yo era entre todos, uno de los más influyentes en la ganadería de mi terruño porque había heredado la finca de mi padre dedicándome de lleno a las labores agropecuarias. ¡Qué tremenda responsabilidad!
Sin embargo, la vez que fui a su casa, nos pusimos a recordar los tiempos pasados y el desarrollo que alcanzó nuestro pequeño villorrio por las diferentes inversiones, cuidados y el trabajo de todos sus habitantes. Pero sin que me de cuenta, me quedé prendado de su personalidad tan especial al concordar nuestras opinionres y proyectos en los años que vendrían teniendo en cuenta experiencias que podrían darse en un futuro no muy lejano. Me di cuenta que de alguna manera yo también no le fui indiferente y nació en mí una bella ilusión. Quedé simplemente boquiabierto cuando lo descubrí pero ella no pareció encontrar las palabras adecuadas para expresar un verdadero interés. Al menos, eso creía.
Pensé entonces sin reparos, que había encontrado a la mujer de mis sueños porque la veía sola y hermosa. Eran bellos los ojos que la adornaban y se encontraba tan frágil pero un tanto discreta, como si fuera la fragancia de las rosas presas en una canastilla. Cuando la hallé de nuevo, no me pude controlar, me acerqué a su rostro y dejándome llevar, quise darle un beso. Ella asustada, sin decir palabra inmediatamente se fue corriendo a sus habitaciones al adivinar mis intenciones desapareciendo de mi vista rápidamente. El más sorprendido era yo y tal actitud me dejó sin palabras ¿Qué hice? ¿Qué es lo que realmente me ocurrió? ¿Sería que estás enamorado de ella y la amas realmente? - me pregunté. Asentí con la cabeza con la sinceridad de un niño pero por dentro me sentía roto y compungido...
Creí que ella no me vería más por mi atrevimiento pero pasaron los días y me mandó llamar a su residencia. No sé por qué me dio la oportunidad de hablar con ella nuevamente pero fui bastante preocupado. Avergonzado aquella tarde, fui y el ama de llaves me hizo pasar al jardín recibiéndome ella con cierta frialdad pero con una mirada tranquila y comprensiva. Estando en el sillón bajo la atenta mirada que disimulaba su madre, tomé la iniciativa y la llevé a que escuchara mis disculpas y con miedo esperé que comprendiera mi corazón. Luego entonces traté vanamente de dibujar en ella una sonrisa pero nada... Quise arrancar de mí un te quiero pero no me fue dado este deseo por la emoción que me embargaba. Ella me interrumpió y no se inmutó de tamaña revelación limitándose a escucharme. Finalmente me contestó que no y que solo éramos amigos. Dicho esto se marchó a sus quehaceres, dejándome solo y mudo. Y a pesar de la mirada inquisidora de la madre, no me quedó otra idea que retirarme...
Estaba indeciso no sabiendo qué hacer y terco como era, busqué entre mis amigos a un consejero para que me dijera si ella al final de todo, me podía querer. Vinieron de aquellos que nunca faltan, pero hubo algunos verdaderos y sinceros que me pusieron en claro mis intenciones y la vida de ella, por supuesto. Supe de buena fuente que yo le había llamado la atención por mi vehemencia y mis buenos modales pero aunque hubo un cierto eco en mis palabras, lo nuestro no podía ser. No me dijo que estaba de novia en la capital y solo vino al pueblo a arreglar la documentación concerniente a su próxima boda. A la sazón de su llegada, casualmente me encontró a mí. Y aunque me dio la oportunidad de hablar con ella, fue por el recuerdo de su niñez y la amistad que yo tenía con su fallecido padre.
¡Qué gran tristeza! Me di cuenta que todo lo vivido para mi fue un soñar despierto queriendo pretender buscar las raíces más profundas de su alma en un amor apasionado para hacerla feliz. Pero fue imposible porque la luz de una vela encendida en mi interior, de pronto se convirtió solamente en un pábilo que humea, un simple deseo muy grande pero carente de romanticismo. ¡Qué locura la mía! La había sentido conmigo en el momento que hablé con ella, pero me resultó tan profunda como la sima de una montaña y tan lejana como un deseo de tenerla en mi pecho. Este anhelo me llevó a fantasías, a luces y a sombras, pero quizá no me di cuenta, que ella jamás podría mirarme...
Roque Puell López Lavalle
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