viernes, 11 de enero de 2019

El hijo de mi vecino


En el vivir de mis ilusiones, te encontré. Te amé con mi alma de niño y quería siempre verte, tocarte, darte un beso porque vivías a pocas cuadras de mi casa. Así que decidí encontrar el mejor pretexto para encontrarnos y sepas mis palabras. Busqué lo mejor de mis versos entre otros poemas para que los escuches, para que sueñes conmigo porque aquellos párrafos, eran hechos de pura inspiración para tu gran corazón...

Pero te veía tan distante y tan cerca a la vez, porque apenas tenía yo los catorce años y tú los doce, pero eras toda una mujer para mi celoso y profundo sentimiento. No obstante, en ese momento, ¡La indecisión era la mía! Siempre decía: Hoy iré a visitarte, que la próxima semana o mañana será otro día, pero después de tantas dudas, me las ingeniaba para hablar contigo y yo otra vez, nada de nada de amor te decía...

Y por fin, en un día, fui pronto con mi mejor traje y mi fina estampa. Salí exageradamente perfumado y rompiendo las cadenas de mi timidez, esgrimí los ideales de mi gran osadía: Fui a buscarte a tu casa. Pero llegando, infeliz fue el momento de encontrarte en ese atardecer porque estuviste en tu puerta en brazos de otro, con tu mirada perdida por el beso del tal, pero con mi alegría vencida...

Llegué entonces a mi casa muy enojado. ¿A quién pues habrás visto si yo era el elegido? Pensaba. Yo era el señor de los setentas así que en ese instante que tuve que averiguar, inquirir, preguntar... Y ¿Dónde estuvo mi gran error que a dolores tuve que aprender en ese tiempo? Así que fue en las circunstancias de mi premura, por descubrir al astuto que a mi chica se robó, que al final fui a buscarlo...

De repente, lo encontré viéndolo primero. Mis dientes crujían de solo observarlo, pero me di cuenta después que no era el que venía de lejos, no era el bravucón del barrio porque lo hubiera reconocido. Era quien yo menos lo esperaba, el que no se dio cuenta o no se quiso dar por enterado que mi alma estaba dolida. Era pues, uno de diez y ocho años, pero según mi parecer, él era de poca importancia para mí...

Si pues, -decía enojado reconociéndolo- era el lunarejo, el hijo de... mi vecino que vivía al lado de mi casa y en mi corta experiencia, me percaté sorprendido que yo realmente, no me había dado cuenta...¡¡Aaaaaaaaaaaaahhhh!!

Roque Puell López Lavalle

No hay comentarios:

Publicar un comentario