Estrecharte entre mis brazos fue mi anhelada espera. El buscarte
emocionado día a día para ver si te encontraba, era mi religión. Amarte en la
oscuridad de la noche junto al mar, fue mi eterno deseo. Pero tú no estabas en
ese momento porque no escuchaste el latido de mi corazón y tampoco escuché el
tuyo que me dijera que me amaba tanto como lo hice yo. Es que tu cardio estaba
tan apocado, tan adolorido por la maldad que te abrumaba que no pudiste
diferenciar nuestro amor. Creíste que era el compañero indeseable y me dejaste
por mi estado, defendiendo más tu egoísmo y lo convencional, que nunca fue tu
argumento.
Yo quedé sentido, frágil de tu silencio y de tu partida tan cobarde e
indiferente. La soledad de mi desierto, la luna llena que se escondió de mí ser
no concibió semejante despedida. No pude soportar el remolino de mis
sentimientos que vivió en mí como un verdadero
infierno. Pero así pasó el tiempo, como los silbidos al azar que se
hacen sin melodías y que siempre terminan en los espacios perdidos.
Así meditaba frente al mar, tuve tus recuerdos, entablé conversaciones
con algunos que se llevaron mis deseos como las brisas del momento. La sonrisa
y el afán del que no siente se traducen en el olvido para convertirlo después
en una pesadilla. Más no se irá mi nombre, aquel se quedará firme porque mis obras
hablarán solas y habrán otros que te lo recuerden viendo algunos lugares muy
lejanos que solamente tú los reconocerás...
Pero será muy tarde en ese momento para volver a ese recuerdo porque todo regresará a su lugar, el presente, el
pasado y el inexplicable futuro,
absolutamente todo. ¿Ves? Lo que antes se vivió, pasará al mundo del olvido, allí
encontrarás un ingenuo como yo que se convertirá en el indiferente como tú,
para cometer el mismo error. O quizá,
el que ahora te acompaña, vivirá nuevamente el amor “inocente”, que yo perdí...
Roque Puell López Lavalle

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